03 de Junio de 2016 -
Desde marzo, en estas madrugadas que se alargan de
manera tan malvada sobre los techos, pienso una vez más en los motivos de la
muerte de Berta; no sólo en el asesinato y los razonamientos que conocemos, los
que se debaten, dividen y comparten; sino en otros misteriosos, mezclados
con deseos esotéricos de entender y aceptar su ausencia que duele como vidrios
enterrados en el pecho.
Pienso en abstractas ideas y los actos concretos de la
justicia, el mal, la verdad. En cuánto habrá de justo que un cipote de la edad
de una de sus hijas, asesino de oficio, sea puesto en una cárcel para que se
acomoden los hilos del poder mientras él se hace mayor con los años enrejados;
dónde estará la justicia para la vida de ese muchacho en la cadena de causas
que llevan al crimen. Pienso en si no es de este modo, cuál es el justo
modo; y qué vamos a hacer todas con cárceles llenas de jóvenes, por demás
pobres, indígenas, hijos de compañeras cercanas, a veces, y ejecutores prepago
de la muerte, cárceles que son negocio de los que deberían estar encarcelados y
que alimentamos con sangre joven. Debato conmigo, con otras, si es el poder que
oprime al cual pedirle castigo, si es castigo el que queremos, castigar a ese
poder pero sin sus propias herramientas, acaso. Doy vueltas sobre cuál es
el centro de la verdad en este momento para este mundo hondureño, para el
resto, y para Berta misma, con cual verdad hacemos la vida vivible y la
muerte digna. En qué diría Berta, pienso. Y algo me responde. Siempre me
responde.
Tuve el privilegio de conocerla, nunca
suficientemente, y de tener un acervo amplio de sus reflexiones, de su
profunda ética. Pasamos muchas horas de nuestras vidas en tierra común,
Intibucá y La Esperanza, ésta última cuando era eso, verde, lluviosa, llena de sueños
refundacionales que tenían gusto a cercanía; esa Esperanza a la que ahora
cuesta llamar con su nombre, por el rastro de muerte que le acompaña
desde este marzo.
Cuando mejor me siento pienso que Berta ya tenía que
irse porque en realidad se le notaba la edad, y que ésta es otra de sus
vueltas y que en una de esas regresa como lo ha hecho antes. No es
que tuviera arrugas o grasa acumulada que no le importaba; no porque tuviera
canas, que sí le importaba mucho; no porque estaba achacosa o sin energía como
se cree de las mujeres mayores.
Pero es que a Berta se le notaba la edad en ese modo
de hablar desde su honda verdad comunitaria; ese decir cosas sin disculparse,
pero sin destripar al adversario por el gusto de hacerlo, lanzar
argumentos, así de un solo como quien lanza una piedra y se baja el mejor mango
del palo. Esa manera de mirar y “columbrar” a la gente de un tirón …”mhhh
esos compitas saben por dónde va la cosa” pensaba del movimiento universitario,
siempre gaseado. Ese modo suyo de decir con sonrisa de cipota los más terribles
avisos como… alistémonos porque estos nos quieren matar, ya van a ver. Con el
asombro tan Berta para decir ante problemas románticos: ¿En serio..y por
eso se aflige? ay no, mamita mejor comamos que ahorita hay que comer…
Todo eso que constituye no sólo un boceto de ella y la nostalgia que me
produce, sino un modo de andar, camino de la ética, ahora que la política
se pudre por igual a la derecha y a la izquierda de la razón hegemónica del
poder, de cómo obtenerlo, cómo repartirlo, como gozar sus privilegios, razón de
los partidos y los políticos pluricoloridos tan iguales en su denominación de
origen.
Se le notaban los siglos a Berta, en ese saber vivir a
diario con la testaruda rebeldía que embargaba todo como un huele de
noche en la oscuridad; aroma que venía del fondo de los tiempos, y que ella
andaba custodiando de fuego en fuego, aunque errara a veces donde ponía sus
confianzas. Ella no necesitaba todas las respuestas, pero ensayaba muchas de
ellas, y ahí residía parte de su fuerza, no tenía miedo a equivocarse, sino a
dejar de intentar; a vivir sin ánimo para intentar en el ahora y aquí, en el
adelanto de la buena vida que merecemos.
Era muy mayor, sin duda; al menos tendría 524
años, cinco siglos y pico de edad; ya había estado en cientos de batallas
contra los imperios europeos, gringos, orientales. Había vuelto y revuelto
pueblos y mujeres que se incendiaban a su paso y llamada, desde que caminaron
su mundo quienes estrenaron el desgraciado olor a pólvora, y la traición de los
propios allá en en el Congolón, y siglos más tarde en su propia
casa.
Berta era antigua, y lo será, al tiempo que
profundamente contemporánea. Mi imaginación de escritora feminista me guía, y
en las madrugadas que finalmente pesan sobre mis párpados, la vislumbro entre
niebla junto a los peñones de allá del occidente de este país, caminando y
discutiendo con mujeres alzadas que hablan lenguas diversas, y andan
con energía; cruzando ríos a nado limpio con un tal Lempira, que la
gente de las comunidades bien sabe que no sólo está vivo, sino que morirá hasta
que la última lenca deje de luchar por la vida común.
Y así es como viene a responder a mucha gente en este
mundo, entre imágenes, sueños, memorias de sus pensamientos comunes, colectividades
en marcha, así viene a repetir apriétela, compa, que esto así es, porque su
sabiduría es potente, suma y guía de muchas, y anda viva en la
antigua tierra que nos contiene.
Quienes la conocimos, bien lo sabemos.
Melissa
Cardoza
Junio
2016
Fuente: Radio Progresso
