LA MÁS BELLA

 La piel oscura del caballo se confundía con la de quien lo jineteaba, ambos, bestia y mujer sudaban bajo el sol ya cansino de la tarde.

Ella llevaba su bastón de mando y montaba con gran pericia. Lo hacía desde niña, cuando sus hermanos y hermanas iban a buscar frutas y animales salvajes y ella siendo la pequeña jugaba  en el patio de tierra, buscando piedras y subiendo  a los caballos. Aprendió sola, sintiendo el ritmo del animal y dejándose llevar. Desde entonces supo que era fuerte y atrevida, que estaba destinada a ser una mujer que busca su destino.

Le tocaba ahora ir por las llanuras llevando adelante aquel pueblo de mujeres y niñxs que buscaba un sitio donde refugiarse. El viento había traído la muerte de manos de los hombres blancos, y todas las aldeas se iban quedando vacías después que la fiebre y la tos arrasaba con los adultos, y dejaba huérfanos a sus hijos. Ellos, ellas, las niñas y niños parecían ser inmunes a la epidemia, y sin embargo los alcanzaba el dolor y el miedo. Dana, lechuza de luna, como la llamaron las abuelas,  sabía que sus dotes de conocedora de caminos le daba el trabajo de salvar a esa gente de su pueblo, y eso hacía. Con ella los viejos y viejas que fueron puestos a resguardo le acompañaban, le hablaban de las antiguas historias de las tierras rojas, hacia donde se dirigían y le frotaban el cuerpo con ramas y aromas de los árboles para darle fuerza y sabiduría. Allá, le explicaron, allá donde terminan las llanuras y comienzan los enormes cerros, allá están las tierras rojas y el agua que cura.

La noche llegaba y decidieron descansar, ella bajó de su caballo y tendió un petate trenzado por una de sus tías que enseñaba a hacer canastas a toda la gente de su pueblo; otras sabían curar y algunas mezclaban los sabores para el placer del paladar. El petate era suave y ligero, ahí extendió su cuerpo mientras el resto se organizaba para hacer un fuego y cocinar el caldo de amaranto para todas y todos.

El día fue largo. Dana, lechuza de luna, vio salir las primeras estrellas y encontró la ruta que había estado siguiendo, corrigió en su silencio el camino y suspiró. Era una noche muy clara y el cielo parecía estar cerca. Buscó con la mirada la brillante luz de Venus, la más bella. Sonrió. Acarició el volumen de su vientre, ahí crecía su hija, sabía que la traería al mundo en un territorio rojo de aguas que curan. La llamaré Venus, se dijo. El nombre con que le llamaban quienes venían de otros pueblos de la tierra. La llamaré Venus, y será la más bella y va a nacer en la tierra liberada de la enfermedad y la guerra. Su vida será como la inmensa noche que cobija a los caballos y a su madre, fresca y clara. Y Dana cerró los ojos, segura de ese destino.