Qué tiempo nos toca vivir. La amenaza de una epidemia que parece querer acabar velozmente con la vida propia y la de gente amada y conocida; o desconocida, pero que no queremos que muera por razones de la perversión de un tiempo de capitales y políticos asesinos. Gente común que como nosotras merece vivir aquí.
De marzo a
junio la vida giró de una manera tan increíble que pareciera ser una realidad
paralela en la que nos levantamos a caminar en un espacio repetido al infinito.
Nos reinventamos cada día, resistimos y nos agotamos. Subimos y bajamos como en
una rueda de chicago, pero esta es nuestra vida actual y es la que será en los
próximos meses o talvez años. Vida con más prohibiciones de las que ya
sobraban, vida de mascarillas, vida para vivirla como todas.
Yo insisto en
dejar el pesimismo para tiempos mejores, como dicen por ahí, aunque existan pocas cosas que celebrar, pero es la celebración
la que requiero y busco en medio de los escombros. Y
desde un lugar que parece increíble, de donde casi sólo recibimos basura,
desprecio, modas, enlatados ideológicos que hablan de vidas asumidas en el
consumo y el desperdicio que ahora mismo tienen a la humanidad al borde de una
ola letal, llega la oscura esperanza, la
negra fuerza. Eso celebro.
El levantamiento
del pueblo negro harto de aguantar siglos de opresión, explotación y violencia
estalla en las lujosas ciudades de los Estados, nada más y nada menos, la
anhelada yusa para quienes quieren alcanzar una quimera abonada con películas,
dólares y migrantes desesperadas.
Un asesinato
más sumado a los miles que se han ejecutado en ese país, el de George Floyd,
bailarín de salsa, despierta otra vez la llama y se encarga de incendiar
literalmente lo que encuentra a su paso. Pero fijémonos bien, se incendian los
edificios policiales, los carros de los millonarios, las tiendas de marca, es
decir los símbolos de un sistema que es responsable de los daños sobre la vida
de millones de personas allá y aquí. Esa es una lección para quienes consideran
que los pueblos oprimidos son profundamente ignorantes.
Que hay
incendios en sitios de menor responsabilidad y resultan averiados, seguramente,
o que hay más víctimas que no tienen nada que ver con lo que sucede también es
posible. Y sin embargo, hay que pensar con cuidado si realmente es así, porque demasiada
gente ha hecho silencio ante la brutalidad policial
y el racismo, sólo mirando; y siempre
llega el momento en que la historia les alcanza con sus manos urgidas de
justicia. A quienes le escandaliza el
fuego y el desorden de los y las jóvenes negras, a quienes les indigna el
deterioro de los monumentos y los escombros en las calles, debemos decirles que esta muchedumbre no está
dispuesta a parar por razones de decoro.
Recuerdo muy
bien algunas de las movilizaciones de la resistencia hondureña en el que
algunos, que hoy son diputados silenciosos, decían que no permitiéramos las
acciones que pusieran en entredicho la
buena educación de la protesta; que habría que distanciarse de quienes queman, roban, destruyen con la rabia
acumulada. Que debíamos mostrar un civismo que quien sabe para qué servía, y
que sirvió para sus partidos, como si la violencia estructural no fuera el
origen de todas las desgracias y si no fueramos sus víctimas.
Soy
feminista, de un feminismo radicalmente pacifista que ansía la paz y la belleza
en el mundo, que encuentra en la guerra
el sumum de la violencia patriarcal porque empobrece la vida, y porque enaltece
a seres felices de tener armas y usarlas
para matar y crear símbolos entre los
cuales las mujeres, otros seres vivos y
muchos pueblos representan lo
matable.
No comparto
la idea de un llamado pacifismo que esgrime una moral de condena a la fuerza arrasadora de pueblos
enardecidos por la violencia y la miseria que han vivido por siglos
y que un día deciden devolver a quienes
la han ejercido, o ese que apunta con
desprecio a otras feministas por destruir símbolos del orden patriarcal o a
mujeres que se defienden matando violadores de sus hijas. Ese pacifismo está
muy cerca del conservadurismo que tiene mucho que perder cuando se desata la
furia y que prefiere esconder sus razones de privilegio.
Ese pacifismo
grita alarmado ahora que arde el imperio, y algunos de esos discursos se llaman
antirracistas. Hay un antirracismo de personajes que se han hecho notables para
el sistema, ejemplo los Obama, hoy por
hoy multimillonarios sin ningún pudor, dueños de plataformas de televisión donde
nosotras aprendemos que los negros son ridículos; mientras que las negras son vacías
mentales, pero sexys con la ropa de
moda. O productos menos torpes, pero igualmente
deplorables, personajes que encontraron su
posibilidad de redención en la tierra de la libertad, gente que lucha pero que
jamás tocaría la sacrosanta propiedad privada.
Por lo cual se merecen al menos una estatuatilla de la flamante academia
de cine.
Todos los
sistemas tienen sus personajes ejemplares para mostrar que si las personas
negras, como es el caso, no logran el éxito es porque su pereza e indolencia
solo se activa para incendiar patrullas policiales, y por tanto merecen llenar
las cárceles y hacer los trabajos peor pagados, y por supuesto morir de COVID
19 en una desproporción frente al resto de la ciudadanía.
El
antirracismo que hoy incendia las calles de Estados Unidos es otro. Tan otro que
se suma mucha gente diversa que siente que sólo se puede ser libre hasta que
todas seamos libres, hasta que se vaya hilando un otro proyecto político global
que entiende mucho más rápido la necesidad de construir enredando las
identidades múltiples en una perspectiva
emancipatoria común. Qué busca un
sentido de proyecto común más allá de la decadente política oficial, de cupos, electorera,
profesionalizada en personajes que viven de los pueblos en todos los sitios
donde como un virus mortal se ha establecido la llamada democracia traída del
norte y que ha vaciado los presupuestos de salud y educación pública;
repartidora de migajas de cooperación internacional y de políticas nacionales
que de públicas sólo tienen el nombre.
Difícil, por
supuesto, porque no se trata de ir a poner mis propuestas y dar la vuelta a ver
qué hacen con ellas, sino se trata de escuchar, dialogar, asumir otras, reconocer en
qué lugar de este desastre neoliberal nos estamos mirando y hacia donde
movernos. Difícil porque hace muchos años algunas personas lo han estado
intentando, y la sordera es enorme, y eso ha sido vergonzosamente lo que hemos
estado viviendo. Una enorme sordera ante la masacre racista y patriarcal.
El
antirracismo urge en todas las propuestas del movimiento social. Hay quien dice que no entiende cómo conjugarlo
en clave hondureña donde todo urge y falta, y por no dejar de responder a esa
necesidad de entender o para responder a comentarios sorprendentes de personas sensibles y politizadas a quienes
les parece que los negros sólo son otra comunidad oprimida, quiero
compartir reflexiones que han pasado por
muchas conversaciones comunes con
mujeres negras e indígenas, experiencias personales, porque sí, soy una negra
lenca y me he tomado el tiempo de digerir algunos entendimientos, o que yo
considero tales.
1. El acto de mayor deshumanización en
la historia es la esclavitud y ésta ha sido apenas abolida en muchos países.
Millones de personas negras fueron asesinadas y lo siguen siendo por ese hecho
que aún no se ha reconocido como un genocidio descomunal, herida abierta en el
corazón de la vida misma.
2.
El racismo al revés no existe, no se
puede argumentar esto para dejar de mirarlo. Una cosa es que una persona negra
no te quiera, le caigas mal, o te diga que no le gustás, que la gente de las
comunidades garífunas cuestione a otras y otros que llegan a vivir a sus
territorios, y otra distinta es que seas parte de una población que por siglos ha sido vendida, explotada, expropiada, asesinada y por
la que se construyó una ideología en la cual ser parte de esa población
significaba ser menos humano.
3.
El racismo se expresa cuando se
asesinan a personas negras y son esas personas quienes tienen que exigir en los
espacios de lucha social que la indignación ante tal hecho sea explícita, que se
incluya en los comunicados y actos públicos, que le duela a todas y a todos
porque pareciera que estas muertes duelen menos.
4.
El racismo se manifiesta cuando en
las organizaciones de los diversos movimientos sociales no hay personas negras dirigiendo
o liderando las mismas que no sean sus propias organizaciones. Cuando no se les
reconocen la calidad de sujetos políticos para conducir los procesos de toda la
gente.
5.
Es evidente el racismo porque no están en las academia compartiendo los discursos, enseñando a la
juventud, preguntándose elementos necesarios de la vida de todas y todos, aún cuando esos discursos
tienen siglos de existencia y su experticia en múltiples ámbitos del
conocimiento también.
6.
Cuando en los foros internacionales,
que son tan publicitados, no hay negras
ni negros representando al pueblo de Honduras sino hablando sólo de sus
comunidades por lo general por agresiones vividas.
7.
Racista es que nos relacionemos con
los pueblos indígenas y garífunas con condescendencia y que consideremos que
sus propuestas ante el COVID son sólo paliativos, estrategias preventivas o
algo sólo para ellas y ellos y sus modos de vida, porque al final de cuentas
queda la sospecha de si en realidad es suficientemente científica su práctica
de curación. Por cierto aquí el enlace a
la propuesta de combate al COVID 19 de parte de la OFRANEH
Las prácticas
racistas tienen siglos, están tan interiorizadas
en nuestras propias opresiones que el mismo hecho
de no reconocerlas o de evadir la necesaria reflexión personal y colectiva para
desmontarlas sólo lo confirma. Podría
continuar con muchos ejemplos, pero creo
que personas suficientemente inteligentes e ilustradas encontrarán cómo llenar
sus enormes vacíos de información y sensibilidad al respecto. No es nada
difícil, pero requiere voluntad.
Y sí, las
feministas que leen estos textos dirán que pasa lo mismo con las mujeres y
nuestras luchas, tienen mucha razón, las
opresiones y sus mecanismos se parecen. Por eso es inconcebible reconocer que en
el algunos feminismos habitan estas prácticas, y ojalá
estén en procesos de desmontaje.
Es curioso
que este tiempo de encierro nos esté dando la oportunidad de salir de nuestros espacios habituales de hacer
política, esos que conocemos de tanto tiempo y en el que nos
movemos con facilidad para dirigirnos a otros sitios donde se dicen y hacen
otras cosas, no digo abandonar los propios, sino movernos de ahí con la
voluntad auténtica de tratar de salir con más gente conciente de las
circunstancias actuales y no con la misma, y a lo mismo.
Las mujeres y
hombres negros que se movilizan en Estados Unidos y muchos otros sitios del
mundo lo están haciendo, y van sumando. Un
sujeto feminista también está ahí porque se ha ido moviendo de lugar, ya no
alcanza ser capaz de hacer empatía con mujeres por serlo, aquí tenemos a las
que mueven las malévolas piezas del régimen de JOH y le acomodan sus
mascarillas, tampoco se trata de estar con todas las negras por serlas sino
por compartir los deseos de mundo que no
nos provoquen este terror que ahora
sentimos.
Hoy que en el
país del norte, que nos ha puesto la
rodilla en el cuello a nosotrxs sin dejarnos respirar, una multitud de gente
colorida y encachimbada se rebela y nos permite cuestionar nuestra propia
práctica y transformarla, porque dicho en las mejores palabras de una histórica luchadora, Angela
Davis, no basta no ser racista, hay que ser antirracista.
Ahí el desafío, la invitación y la hermosa
propuesta de liberación que me permito celebrar.
Junio 2020
