Después de la enésima reunión en una de las plataformas virtuales en las que lanzamos miradas oblicuas bajo diversos tonos de luz sobre los rostros de amigas y compañeras, o las ya acostumbradas imágenes congeladas en un gesto angustiado o divertido, no puedo evitar una ebullición interna, una cosa que me sube a la garganta, algo que se atora y no reconozco bien.
Sigo el día.
Mucho trabajo, escritura, cocina, oficios multiplicados de un modo tan perverso
que sólo hay fatiga y un insomnio largo
como las noches de toque de queda; a los que sumo una cierta urgencia para mirar
en serio la tierra y sus posibilidades, esa que siempre ha estado ahí desnuda
al sol, habitada de animalitos pequeños e insolentes que siguen el curso de su
especie; ella que de pronto me aparece salvadora de más desgracias que se
asoman en el horizonte de humo en que nos tiene este principio de mayo
incendiado y falto de lluvia.
El cuerpo me
pide café. Y, la cafeína, que todo lo puede, va soltando el nudo. Tengo rabia
del encierro y una tremenda nostalgia de la calle. No sólo la de la que me
lleva a andar de un café a una visita, o de un mandado a otro. No sólo la calle de las encontradas, las
movilizadas, las vagas a secas; o la que trae el rumor de la gente que se gana
la vida y a veces la pierde ahí mismo. Aunque también de esa calle.
Rabia de esta
obediencia forzada que mandatan esos que nos hacen mal con toda la voluntad y
la malicia de sus apellidos, que se roban el dinero nuestro y han organizado,
desde hace muchos soles, esta desgracia en el sistema de salud que hoy tiene
nombre de virus y data de nacimiento en un oriente lejano, pero que harto
conocemos porque el neoliberalismo catracho es ejemplar. Rabia de hacerles caso a esos gendarmes del extractivismo, que
no han detenido las mercancías, los
árboles arrancados a las montañas, los minerales del centro de la tierra, las
producciones de las maquilas, las leyes oprobiosas, que custodian el bienestar a
domicilio de unas clases sociales que no serán objeto del virus, porque no le
pega a todo el mundo igual, como nos quieren hacer creer.
Nostalgia de
la calle que tanto nos ha costado tomar y que tan bien nos andaba saliendo este
recién pasado 8 de marzo. Esa que tanto costó a nuestras predecesoras, porrque
aún se exhiben múltiples fotografías de los años cuarenta, ausentes de mujeres
en actividades fuera de la casa, o con presencia de muy pocas, esas que por
alguna razón inusual aparecen en medio de
conglomerados de hombres. Pienso en las ancestras luchadoras de los años del
sufragismo que hacían acopio de toda su fuerza para salir y expresar la
emancipadora propuesta feminista que ya ronda en muchos años, lejos de la casa
y sus enredos que parecieran naturales. Y
temo el riesgo de perder este
legado, si es que nos gana el miedo y
nos atribula el discurso oficial.
Confinadas,
encerradas, a ratos definitivamente desesperadas en ese hogar que puede
gustarnos mucho, pero que igualmente nos confronta con esa obligatoria búsqueda del placer y la realidad angustiosa
de tantas otras mujeres que claman por alimentos afuera de las puertas de casas y en las
esquinas de las calles, cargando niñas y acompañadas de perros asustados.
Necesitamos
pensar cómo evitar que el patriarcado, eje del mal, no se aproveche de esta
situación y nos vuelve a prohibir la calle, ese
lugar lleno de posibilidades, aprendizajes y comunidades. De niñas, cuando escuchábamos decir que a una mujer le gustaba callejear, o
más aún que alguna en el vecindario era una mujer de la calle, nos sonaba tanto
a desprecio como anhelada prohibicion;
las calles que eran de tierra, de río,
de asfalto, de sueños a pie, o en bicicletas, las calles solas llenas de
pensamientos en la nube del pelo, jugando con otras, calles enormes que separan
los mundos y que designan la aventura y el conocimiento a los privilegiados del
género.
Con la calle
hemos recuperado la voz colectiva, hoy sólo podemos hablar por turnos y gracias
a una tecnología que se paga a las mismas empresas trenzadas con las
transnacionales que han deteriorado el mundo y sus modos de vivir, enfermar y
morir. Agradecer la energía eléctrica y la tecnología como si no fueran las
caras de este mismo mal que agobia a las enfermeras, ese progreso pagado tan
caro por algunos pueblos.
Ahora nos
toca tragarnos las palabras de los opresores, llamando a un consenso que sólo
habla de ellos y que se escucha lejos por nuestro silencio forzoso. Discursos
atiborrados de propuestas denigrantes, usura de la vida cotidiana, amenaza
contra la desobediencia y culpas en los cuerpos que además de cargar otros
males hoy tienen que pagar con sus vidas este tiempo de virus. Discursos que no
tiene nada que proponer y mucho que ganar con su recomposición de palabras que
huelen siempre a la pestilencia del mercado, la ganancia, el consumo, los
privilegios.
Y estas
nosotras y las otras que ahora sólo escuchamos por teléfonos, los últimos años
hemos devenido cada vez más encerradas. Los femicidios han hecho que huyamos de
la noche en la vía pública y que nuestros tránsitos sean apurados y vigilantes
de otros transeúntes, masculinos, que suelen mirarnos con intenciones aviesas,
y que protagonizan tanta barbarie patriarcal.
Así y todo,
callejeras nos propusimos ser con el
paso de la humanidad en clave de mujeres emancipadas, recuperando todo lo que
nos fue prohibido, las plazas, los espacios de la palabra, los medios de
comunicación, la presencia en la palestra artística, el deporte, las ideas
magníficas, el sexo placentero, las
palabras todas, y todos los gestos,
corporalidades y vestuarios derrochados
ante los ojos del mundo, sí, del mundo de la calle. Todo logrado a esfuerzo intencional
de miles de mujeres.
Y he aquí. El
café solitario y humeante ante una ventana de luz. Las amigas congeladas en la
pantalla, este nudo como de derrota sin batalla y el deseo de volver, a la calle,
sola, juntas, todas libres, con mucha
más reflexión y fuerza que antes, con nuestros pensamientos y pasos en bandada, con ton y son.
Melissa
Cardoza, día 51 de encierro. Cuarentena, segunda temporada.
