LA MÁS BELLA
La piel oscura del caballo se confundía con la de quien lo jineteaba, ambos, bestia y mujer sudaban bajo el sol ya cansino de la tarde.
Ella llevaba su bastón de mando y montaba con gran pericia. Lo hacía desde niña, cuando sus hermanos y hermanas iban a buscar frutas y animales salvajes y ella siendo la pequeña jugaba en el patio de tierra, buscando piedras y subiendo a los caballos. Aprendió sola, sintiendo el ritmo del animal y dejándose llevar. Desde entonces supo que era fuerte y atrevida, que estaba destinada a ser una mujer que busca su destino.
Le tocaba ahora ir por las llanuras llevando adelante aquel pueblo de mujeres y niñxs que buscaba un sitio donde refugiarse. El viento había traído la muerte de manos de los hombres blancos, y todas las aldeas se iban quedando vacías después que la fiebre y la tos arrasaba con los adultos, y dejaba huérfanos a sus hijos. Ellos, ellas, las niñas y niños parecían ser inmunes a la epidemia, y sin embargo los alcanzaba el dolor y el miedo. Dana, lechuza de luna, como la llamaron las abuelas, sabía que sus dotes de conocedora de caminos le daba el trabajo de salvar a esa gente de su pueblo, y eso hacía. Con ella los viejos y viejas que fueron puestos a resguardo le acompañaban, le hablaban de las antiguas historias de las tierras rojas, hacia donde se dirigían y le frotaban el cuerpo con ramas y aromas de los árboles para darle fuerza y sabiduría. Allá, le explicaron, allá donde terminan las llanuras y comienzan los enormes cerros, allá están las tierras rojas y el agua que cura.
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